miércoles, 18 de marzo de 2009

Volantín


Volantín

“Cada tarde en una plaza me fabrico un volantín
con un lápiz y un papel ¡para irme! y sigo aquí”

Y quien es responsable por las musas
en que florece el aire si te nombro;
¡si se endulza el verbo y te desnuda!
¡si rebrota placer desde el escombro!
¡si entibiada la nave del asombro
me vence plenitud en hermosura y
palpita la vida limpia, pura,
al renovar los pájaros su coro!

Y quien es responsable del perpetuo delirio
de encontrarte latido en otros corazones.
Si entiendo virtud este suplicio
que estalla, dispersa, renueva ilusiones
donde frutan exquisitas emociones
cuando añoro el temblor entumecido
en otra diagonal, sin eucaliptos
y se abre inmenso el cielo y nos esconde.

Y quien es responsable de las huellas
que por tenerte cerca me alejaron de ti.
Si construí una escalera larga y entre estrellas,
en hilo de chocolate bordé tu nombre allí.

Si el infinito fue balcón donde aprendí
que puedo caminar las rutas, cerrar el corazón,
poner candados, rejas, pero volver,
buscar el inicio es alcanzar el fin.

Me se intranquilo mientras, abismada,
agite Sílfides fantasmas sin aviso,
internando en mi cama bellísimas amantes,
despertando la pluma en instante impreciso,

cuando instintiva tea hace bullir la sangre,
cuando excitados burros braman y el estanque
desborda en espejismos.

Grita furioso tren en desacuerdo
desde rieles que nunca se rozaron,
trae impotencia de los desterrados
en incierto temor de los regresos.

La rutina estarás tejiendo.
Llamaré a tu pecho desde este pecho abierto.
En el jardín las rozas librarán las espinas.
Sobre tu piel de cobre reposará el tiempo.

Con el cordel tan largo de la ausencia,
con restos del papel donde enjugué aquel beso,
con anudados recortes de esta historia
satelito barrilete en firmamento y voy
con él por encontrar tu alfarería
capaz de modelar mi barro, insuflarle vida,
astillar el tronco, la raíz,
restaurar a cincel la primordial consigna

Me bebo el aire por hallar tu aroma,
la sonrisa amplia y la cintura cósmica
que me hechizó en el bosque inusitado
cuando cenit era túnel extraviado,
rayó el ojo nereida consentida y alrededor
universo había esfumado.

Tal vez este renuevo invite
a olvidar peldaños no pisados.
Tal vez sea existencia estructura en hélice
y se produzcan puentes cada tanto,
donde descubra tu flor mi agricultura,
vislumbre su edén un castigado
y en la sábana celeste, enloquecido,
consume el amor con que te amo.

Que te amo sabrás porque en tu cuenca
trémulo de pavura tronará mi llanto.
La braza roja que mi boca lleva
será la llama que arderá tus labios.

Y no cabrán palabras. Imagina el resto:

lujurioso carnaval en un mosaico,
preciso cortejarse de osamentas,
inspirado librar todos los trinos. En colapso,
abrazados jadear, sudar, gemir, hasta la meta,
en el cementerio de los dinosaurios

Del resto contará la historia que dos miradas
se encontraron, se sintieron vibrar, se separaron
que no llegó el olvido aunque se fueron
los días, las noches, los meses y los años
que la estación de tren estaba sola,
flotaba un vals, giraba el mundo,
azotaba cartel el viento que trae lluvia,
espantaban sombras y silbato anunciaba:
“servicio y viajero retrasado”
que él dejó en el andén sus alas blancas y ella
danzó sobre un durmiente, sin zapatos…

que un tallarín interminable
sostenía volantín de mil colores
que ¡hasta los vagones se asomaron!

Los niños jugaban, reían los árboles.
Tiltiló ternura los cristales,
expandió transparencia las burbujas
y en medio de la nada, inocentes de amor, originados,
ensamblaron.
La luna pizpireaba en los galpones y el sol
devoraba las vías, asombrado

Y fue la luz
continuo germinar pródigos pasos

¿Y quién es responsable, Dulcinea?
Sin ti El Hidalgo: ¿hallará escudero?
Rocinante es figura en las cuadreras,
Sancho, conchabó “colectivero”.

¿Y quién es responsable? me preguntan
heridas que no cicatrizaron,
si el pie en la arena no imprimió la risa,
si el viento halló vacío y pasó, raudo.

“Cada noche en algún sueño,
me fabrico un volantín
Le soplo un disparate en las orejas
y me lleva volando hasta el confín
donde me guiña un ojo el borriquito
y el troesma saca brillo en el lustrín…”




La Paca
Ayer decía que hoy, pero parece, todo cambiara de improviso. Voluble voluntad el sentimiento. Tan leve e inestable el equilibrio que refrendado, oleado, sacramentado, certificado por benemérito representante del dueño, nada estará dicho y podría el infierno ser el cielo.

Se me incendia la piel cuando te asomas al peñón de mi esperma naufragada. Sobre balsa de palos sobrevives en la magia de brisas y de alas. Y me tienden la mano los recuerdos, me rescata una luz en la memoria y llueve en la sangre una victoria con todas las galaxias encendidas.

En esta soledad profundamente urdida, la desnudez de un beso sobresalta, el corazón se embrita y un aroma láctico ocasa desde un puente de nostalgia.

Estalló mi frente como pesadilla de tormentos cuando el silencio congeló los mares y el adiós sepultose en desconsuelo.
Me persigue en la ausencia, el llamado a volver a cancelar las deudas con mis tripas deudas nunca contraídas.
Tal vez es diferente cuando el sol abraza, cuando separo enceres para largo viaje, cuando te agregas a hurtadillas en el saco y ronca el mundo ufano en los paisajes.
Que estás ausente repiten los recuerdos, que hay razones para la tristeza, la cena fue de dos, mas, no importa, Soledad ejecuta sus destrezas

Confieso a la silla abandonada que te extraño, al vacío rindo colosal angustia, a la oscuridad pongo candela y un muro que abatirán adalides de memoria.
Más si no logro dejarte abandonada, si te invocan mis pasos en la trayectoria, vivirás en mí que hago camino y seré feliz buscando historias.

Yo no te digo adiós porque el que mata sueños es un asesino. Yo te sostengo en el asombro de otros ojos que hacen temblar mi voz de fugitivo.
Nos encontraremos en otras coordenadas, en un mensaje fantasma en el correo, en la naturaleza que siempre está desnuda, en un sueño campestre florido, aromático, sereno…

. . . . . . . . .

A veces la subsistencia hace que te abraces al mal, si al fin dios es ángel y demonio.

. . . . . . . . .

Te digo adiós y acaso lo dije tantas veces. Te digo adiós y el mundo se detiene a las doce.
Un cura pervertido suspira y se enamora, desfilan los amigos, parientes y una alcoba aguarda tus latidos con música y pasteles
Te digo adiós por todos. También por ti y por mí. Te digo adiós y sueño no volverlo a decir.
El ayer es tan breve y el mañana tan ancho. El ayer es tan cerca y el mañana tan amplio. El ahora es tan chico pero me duele tanto. El adiós es tan corto y el olvido tan largo.
Te digo adiós y brindo con el quinto litro de un añejo vino, le pido explicaciones al mesero, alcanzo una propina a los artistas, beso las cachas a ese pobre siervo, van al sanitario mis revueltas tripas…
Y el mundo un remolino, mamashita, las paredes no dejan de girar. La langosta desata una tormenta y mi nave zozobra en alta mar…
Abrazo al paco, le acomodo la corbata. Llega la yunta, viajo en celular.

Revuelto y con resaca el mediodía. El timbre estalla en la intimidad.
Dice la paca que cómo me siento, ¡qué le voy a contar! Pido disculpas y me abraza fuerte, me reprende como a niño inquieto. Remonto en succiones primitivas, preservado tiempo de primer lactancia. Hipnotizado de idiotez perfecta por heroína voraz y su fragancia penetro limbo de los hilarantes, rompo en estertores, la abro en llagas, ardo en placer, me quemo como bonzo.
Urgida se atraviesa con mi daga

Armado con amor cosmético divago cuando amontonadas las prendas mimetizan en la alfombra voladora. Excitada mi bestia con sus presas brama, mientras embriago en Cabernet de hormonas y mis manos recorren majestuosidades que cirujano esculpiera en silicona.
Destella el chaperío, fuga de estrellas, revientan soles. El cielo cierra el techo de esplendor y prisionero, reducido por fiera autoridad me entrego a sobornarla, le muestro el paraíso y te empiezo a olvidar…
Tarzán de conventillo salto del ropero, embosco infantería. Mi guanaco irriga el yeguerío, traspasan pirigüines explosivos la avanzada de escudos de tortugas ninjas, me amotino en su sexo y te vuelvo a olvidar.
Los vecinos me miran con recelo. De los lanzas no me tengo que cuidar. Ya no voy a marchas de partido, pintadas, pegatinas ni funadas y si por ahí se desliza el: “Compañero”, “La Paca” lo reprime en el sofá.


Un beso de madrugada es despertar con alegría. A las siete parte frente a La Merced, la micro con reinitas temporeras a cumplir tareas en el fundo.
Atan ramas, desbrotan, ralean bajo un sol que raja. Doce horas después regresan a reconocer los hijos, acomodar la casa, sonreír a la miseria, invencibles que nunca acumularán bienes de cambio.
Excluida del sistema por una de las tantas crisis que asolan países del sur del mundo, se acomodó en la periferia metropolitana, junto a otros renegados que con o sin razón la sociedad rechaza.
En las peores pesadillas no hubiera caído en una toma. Es tan mal mirado el campamento como el campamentero. Llega sin capacidad de reacción, sin asumirse integrante un grupo familiar en riesgo.
Años de lucha en la precariedad dejan sus huellas en la historia social.

Desde que Masís la convidó, laboriosa, presintió que pasaría harto tiempo en faenas agrícolas. Poco había para elegir, no podía regodearse. Días después llegaba la paga y con los hijos contentos por la guata satisfecha se dispuso a soportar fríos, madrugadas, los dolores físicos de la adaptación a la tarea.
La fruta llovida desde sus manos pequeñas, las cajas apiladas al lado de las plantas, las conversas que llegan como cantos del olivar se le hacen pronto necesarios y familiares.
En la parte gris del amanecer hombres, niños y mujeres, a campo traviesa, avanzan en busca de la jornada, ilusionados con la cosecha.
El capacho fue obra de los niños mayores, lo confeccionaron con un saco de harina, alambre del cuatro para el aro y un cinturón como correa.
El choquero donde calentar agüita y el roquín con almuerzo son el equipaje con que se detiene ante la tranquera. Entre los espinos rescata leñita seca y alrededor del fuego una veintena de trabajadores enciende la rutina. Algunos desayunan sentados en las piedras, corren las tallas y los desequilibrados que resbalan al atravesar el estero rezongan contra la familia del patrón.
Puntual, siete veinte, asoma la camioneta en el fondo del camino. La jefa, abre el candado, reparte las posturas y, ¡a mover las manitos chiquillos!

Don Masis es un maltratado por la rebelión de la impotencia. Náufrago del trago, comparte picadas con los amigos. Entre compadres en la canchita, alrededor de un cigarro, una caja de tinto y un puñado de contadas pasa la pena de sobrevivir con escasas expectativas.
Se aguachó con la hija a la casa de la tía que hizo punta en el asentamiento después del terremoto grande que destruyó Chillán y desperdigó vecinos en las periferias de Santiago.
Se enyuntó a la Jazmina. Ella sostenía la prole que el compañero le heredó al partir tras otra falda para tierras del cacique Colín, dos niñas que más el Ruper y la Dorotea conforman un nuevo grupo parando rancha en la intemperie del Litre.
Para los vecinos cada pedazo de tierra ocupada por iguales es asegurar las espaldas, es la tranquilidad de ser suficientes para hacer ruido, ser escuchados.
Para la autoridad, el gobierno en ejercicio, cada esperanza posada en sus dominios es “otro cacho” pega de arriba que no tiene por qué soportar.

Plegaria: “¡Ya Dios! ¡Deja de meterte en mi vida!”
Credo: “Creo en el hambre, del que me declaro inocente. Pésenme culpas de marasmos que porto.
Creo en la injusticia que me fue destinada. Pésenme costos de piedad que demando.
Creo en acciones de gobierno, las que sufro con decoro, sonriente, a destajo. Pesen sus enseñanzas origen de mis actos.
Creo en el desempleo del que me reivindico permanente usufructuario.
Creo en la prostitución funcional, en funcionarios que nunca funcionaron.
Creo en la educación, pesada cadena que azota inocencia de pueblo, y en la globalización, que hace saberme universal como cualquier otro hambriento del planeta.
Creo en ti, en nuestros hijos, en mí, en los vecinos del campamento, porque nuestro será el mundo de las ferias populares donde cambiaremos hambre por comida”

Tranquea la tercera década entre cerros, rumbo al estero, al lado de la Jana, hija de la abuela Irina y Don Dardo que cumplieron cuarenta años desde la crecida que, seguida del duro y extenso temporal, los depositó en el Litre.
El alcalde, cuando los alcaldes trabajaban por vocación de servicio y no cobraban sueldo, los puso en el sitio porque el torrente bajaba furioso por la montaña y se llevaba las casas. Tiempo después otro alcalde compró la parcela para fraccionar y entregar a los pobladores, lo que nunca pasó.
Ahí tuvieron los hijos, los casaron y fueron testigos del desordenado crecimiento del caserío. Cada uno que armaba familia se tomaba un sitio o compartía el fondo del pariente que alambró de más.
Con el tiempo la empresa eléctrica municipal los iluminó y un camión aljibe comenzó a trepar el sinuoso camino con agua potable.
Ahora vienen los candidatos. Ofrecen erradicación del campamento respaldada en un plan regulador que no convence y se parece mucho a la entrega de nuestra tierra a una minera o grupo de selectos ciudadanos que buscan dormitorio cercano a la capital.

La Mirna hunde las manos hasta el fondo del abrigo que compró por luca en la feria de las pulgas. Evoca la niñez en la décima, cuando trabajaba como hombre tirando troncos de raulí al alero del padre que picaneaba otra yunta al lado y le daba conversa y canto y deseaba llegar a la casa hecha a mano con madera nativa a encontrar las bestias, la siembra, la familia.
De ancestros campesinos, recuerda cuando el abuelo recibió la carta del compañero presidente diciendo que debían dejar las tierras que ocupaba la familia desde cien años antes porque era territorio de originarios, cuando salieron con las carretas cargadas a buscar otro campo donde sembrar, cuando dejaron todo y sin reclamar se encaminaron a otro comienzo soportando insultos, amenazas, agresiones de los que durante tanto tiempo asistieron y alimentaron.
Lleva encima una soñadora incorregible que dispara a bocajarro un príncipe azul destinado a hacerla feliz recibiendo el incomparable e inmenso amor que la princesa campesina produce por el simple tributo de respirar el mismo aire.
A veces extraña la pierna, se siente sola y se prodiga entre niños compitiendo por el espacio que deja el compañero cuando parte a trasmitir mensajes de dudoso origen interior a destinatarios desconocidos.
Las tareas agrícolas reportan ingresos, no exigen papeles ni recomendaciones y se cancelan el fin de semana. Mucha o poca, hay monedas cada tanto, pero plata y tarea terminan pronto.

Después del desempeño bajo la minuciosa lente de los iguales, gustosos de acompañarse con obreros eficientes, los líderes arman cuadrillas para otras pegas y la continuidad trae alivio a las familias.
La Mirna se hizo un espacio a fuerza de sudor y ganó el respeto del vecindario combatiendo la miseria en medio de cerros, planeando acciones para salir juntos del campamento, actuando ante un gobierno que con olvido o dilación justifica su estancia, el usufructo y da por cumplidas las promesas de campaña.
No le importó instruirse para trabajar de otra cosa.
Sueña con que las bellezas engendradas crezcan sanas, fuertes, y al menos acaricien la felicidad, con que el “todos juntos” sea pronto algo más que un slogan de campaña, con que algún día El Compañero Poeta pueda sostener la familia a fuer de la música implícita en la palabra que aplauden desprevenidos y premian con monedas en la calle.


Que llegues bien y todo te sonría; que no desesperes y con el amor que brotas estabilices el navío; que sonoros aleluyas te reciban en casa, que disfruten los niños nuestro nido deseado que a veces, parece, no cobija, ¡pero igual nos reinstala en sus entrañas!
Tirito de soledad y angustia.
Qué el reencuentro nos ponga ante luces que en tus ojos me anhelan.
Gira la llave que abrirá la puerta por donde llegar al paraíso. Mientras, recorre jardines de los hijos, construye oración a nuevos dioses, injerta manzanos de la espera, desea sus frutos en el huerto donde escarban mis manos artesanas tu vientre productivo, compañera.

Amada luz que muestras el sendero sobre el que copulan, una a una las mías sobre tus huellas: mis lágrimas dicen que me dueles distante... que allá voy pero el camino es largo y hace frío... que llegaré a la rastra a sepultar en tus valles vigorosos y surgiré volando sobre tus manantiales.
Amado palpitar de la ternura que llegas donde espera un perro casi abandonado, testarudo, que renueva reclamo de hijos librando carreras en el patio... abrí este extraño cofre donde guardar las tripas, avanzando donde están las ternuras, las síntesis, las luchas necesarias y las otras, donde calmar esta imperiosa sed...
Como es de rigor, rellené una mochila. El clima está terrible. No tengo un peso en bolsa. Tengo miedo, fiebre, la garganta apretada... Los zapatos me duelen... Llevo un par de rimas en canasta.
La vida suele ser contradictoria. A veces le hago fintas al destino para dejar pasar las caravanas; aprieto, estrecho, los abrazos vacíos y lloro duelo de amores que se marchan.

Me alegra saberte enamorada. Quisiera ser el elegido. La vida suele ser contradictoria... si debo morir para estar vivo.

Cada día me levanto a morir, amarte hasta morir.
Y aunque te amo más y más, a la vista el cartel de LLEGADA ansío mantener en contacto con el latido de tu corazón, el objetivo.
A veces la tristeza ufana en las arterias, ensaña con los sueños, los sumerge en profundo letargo.
Las dos, intento desanochecer, como cuando te sueño llegar, atemperar el cuerpo, acurrucar en el pecho, ensañar en mi sexo, cancelar, ¡sabe Dios! qué deuda con atraso.
Soy esta soledad, ennubezco el cielo.
Mi perro está a la puerta. Le sirvo ración: (donde andarías a estas horas). La cañería murmura, vuelve el agua, tenemos derecho a lavarnos la cara.
Y tú, ¡tan lejos! seguro atemperada entre los niños. Es bajo cero. Hay alerta climática cordillerana temporal y cierre fronterizo este fin de semana.
¿Te Veré? ¿Podré abrazarte en estos días amada?...

Señora Presidenta:

Es Asunto de Estado
desarrollar urgente: vacuna contra la distancia.

Emprendía la jornada sonriente. Día tras día calzaba rueditas lubricadas, conectaba baterías recargadas y salía a fracasar en las calles.
Los hijos eran gotas, prismas disociadores de luz que colgó a la desolada techumbre transparente del cañadón de la desprotección y el abandono.
El dolor del arrepentimiento es un flagelo, degrada, desgarra, crece con el tiempo, nada lo alivia, nadie lo repara.
“No te entiendo. Escribís como en verso y no te entiendo” dijo y la mirada bajó persianas grises mientras remolinos oscuros tragaban el presente. Tras años de matrimonio ella reclamaba distancia y tiempo para ordenar los sentimientos. Manolito creía que distancia había suficiente y el tiempo no estaba disponible en la góndola del supermercado de la existencia. Extrañas las escaramuzas de la ira cuando nos debatimos en impotencia, intolerancia, ceguera, incomprensión.
La separación fue inevitable. Manolito no despertó. No estaba. Los hijos eran abrazos distantes, las ocupaciones trámites insoportables y las citaciones judiciales un sable corvo que revolvía las tripas.
La soledad de los conflictos tapa los pies, destapa la cabeza, baja las barreras y viceversa. Enfermó. Las defensas en sus procesos automáticos sacaron un flujo purulento de amor, dolor, encanto, ilusión. Intuyó que no es el camino responsable del padecimiento, que necesitaba conocerse y amarse para reiniciar el ciclo. Fue encontrando que: “Parece que esto quiero, que esto soy. Parece que puedo volar.”
Entonces notó extrañas crisis de mataforosis cuyos síntomas reconocía en paredes, cartones, muebles, libros y lo sumían en ataques de sobresueño, sobrevuelo, extasismo, enduendamiento.
Paseaba como árbol por desniveladas veredas del pueblo cuando, ante su boca inmensamente abierta, corporizó espontánea imagen de alevosa belleza.
Alumbra el sol. Amanecen con lentejuelas los sauces sobre el canto rodado, cantan vientos entre jarillas, brotan metáforas en arenales, mientras las alamedas agitan brillantinas y abren sala a sinfonía de naturaleza hecha trino sobre galope de rastrilladas en busca de cautivas.
Al “viviremos de la poesía” contestó “la poesía no se come”. “¡Se come, se bebe, se vive, se vuela y alimenta!” Replicó y de los ojos partían llamaradas y los labios temblaban y las manos mutaban a útero transparente que conectaba nuestra realidad.
Nuestra realidad que la hace temporera cortando aceituna, levantando nueces, uvas, manzanas, ciruelas, cebollas, preparando siembra, cosecha, aportando al chanchito de patrón afásico, buscando tareas para entregar al país una familia. Realidad de presente incierto que obliga a renunciar a raíces para sostener frutos, que distancia para unir.
Pululan mercachifles de la luna. Ladrones que ladran crítica artera, palabreros resguardados tras tarjetas de crédito y chequeras poderosas.
Inmerso en incertidumbre social, promete caminar con la música de la palabra, para multiplicar en las neuronas el pan del amor. Allá va, adherido a las nostalgias investiga la hojarasca en el camino hacia el mañana de la felicidad



Cargué la cama con mantas del cuarto que habla de ausencias y atraganta en contradicciones.
Interminable la noche, prolongada en el frío que crece a la sombra proyectada por el barranco al amanecer.
El barranco es un muro, un corte revestido de piedras. Nos separa del patio de los tranquilos, el que sostiene restos de flores de quienes recuerdan a sus muertos.
“La pobreza no es una elección”, dice el slogan y ataca bolsillos por la atochada vía, desnaturalizada, de la solidaridad. Hablan de pobres en situación de calle, de los muchos que duermen a la intemperie por carencia, no por opción.
Es bueno que pongan en tablas el tema de la distribución de la riqueza, de la equidad de la justicia en el bolsillo, pero, para introducir en el tema en busca de soluciones reales acordemos el significado de la palabra.
Para algunos, entre los que me cuento, la pobreza es un sustantivo con el que se nombra a quienes no tienen bienes que puedan cambiar por dinero, alimento o cosas. Esto me lleva a suponer que no existe la pobreza, lo que existe es la riqueza (mayor, menor, escasa, pero riqueza)
De eso hablemos: la riqueza...
En cuanto la menciono, quien escucha despierta el cocodrilo custodio de la billetera, se aferra a la confidencialidad informática y la hace inabordable.
El tema produce recelo, tal vez alerte el instinto de conservación del capital forzosamente equiparado a ¿conservación de la especie? Poco tiene que ver lo uno con lo otro, la acumulación de capital destruye, la preservación de la especie eleva.
Una nación está compuesta por pueblos que conviven en un territorio. Significa multicultura en desarrollo multidireccional de una sociedad heterogénea. En Chile, Argentina, hay pueblos originarios, pueblo criollo, otros pueblos, un pueblo extranjero. La sumatoria de todos conforma el pueblo chileno, argentino, boliviano, peruano. La suma de pueblos asentados en sudamérica constituye el pueblo sudaca, ¡de ahí somos!

Hablamos de riqueza y para ello sepamos qué nos corresponde, quién lo tiene. ¿Lo tiene? ¿por qué? ¿Piensa devolverlo? Cuándo, cómo, por qué.
También significa reconocer que no todos los pueblos están igualmente representados en el gobierno del bien común y que no todos recibimos lo que nos corresponde por ser parte de una nación o un continente. Allí corporizamos: Los Pobres y la especificación: en situación de calle, es decir, qué interesante, hasta los pobres tenemos escala social. Qué tema ¿no? Lógica social y compromiso popular. El humano es socialmente fuerte cuando se sabe capaz de asegurar el alimento a sus cargas. Entonces conducta social y prioridades cambian. Ahí apunta la dependencia inserta al capitalismo. No es malo el capital, es mal usado al adherirlo al poder. Con pesos se compran huevos y se extirpan.

Sra Presidenta:

Es Asunto de Estado, recibamos los pobres las riquezas que forjamos…


Al sol, en un rincón del fondo de la casa, guarecida tras la planta de ají que ornata el macetero, anhelas llegue a lamer tristezas con mis pétalos húmedos y el batallón de mariposas que excitan tu afrodita sedienta de colores.
Sobre el eucaliptos cursan lerda siesta las garzas del estero y corretean chiquillos las calles tras el juguete nuevo.
Queda perfecto el sol a palidez del vestido invernal en que cabalgas silencio de labios tiernos con los ojos mojados de promesas y el vientre preparado.
Los cerros batieron cremas en la noche, alistaron la fiesta azul del cielo limpio para saludar el nuevo ciclo de la pacha mama; hembra fértil, sabia, fuerte, que atravesó los tiempos y protegió los campos...
Que artista dispuso en tu pecho dos jugosos duraznos maduros del prodigio que estallará en mis manos la dulzura del llanto y llenará el estero de flores amarillas y las laderas de vigilantes cactus...
Se tumba frío oscuro en las hilachas, el sueño escapó sin rumbo cierto, la radio insiste bullando la nostalgia, cierro los ojos para verte, trago lágrimas a boca llena, estiro los brazos y te atrapo.
El fuego sigue ardiendo y tengo frío. La espalda me persigue con timbres inalámbricos. Inquieto el perro avisa cada tanto y viertes río intangible abduciendo savia de los olivares.
Busco brebajes para arrancar vacío que aplasta la neurona y lentamente se paraliza todo lo ungido por los lobos. Recorro las laderas, recreo en los faldeos del monte donde expande ingenua selva virgen los tesoros. Exploro entre peces de colores y corales que destellan mientras la vida late.



La Sombra tras el árbol alumbra, asombra, atraviesa y destiñe romántico destello plateado como al eucaliptos que enrama y sostiene la noche, eleva las cruces, corona los cerros donde se derrama y lo inunda todo con hambres ventrales que invocan las manos, mastican estrellas y mean las tumbas y se espolvorea sobre los villorrios en vuelo redondo
Y adherida, embebida en todo, ensaliva arcilla de tierno alfarero con oralidades y en soplos sensuales del séptimo cielo colapsa, astilla, eclipsa, arroja mi sexo hasta el remolino que chupa la arena brillante, urgente, ventisca jadeante de espontáneo celo; desgarrante trépano en tierra sedienta como trago fresco.
Tallador de pechos enjarro esencia a mundo perfecto: ¡Curvada dulzura!. ¡Milagro constante de esfuerzo supremo! ¡Endemia latente en estructuras de los universos donde la proclaman, alaban, endiosan, donde la demandan etéreo destino, inquietos, mis precarios besos!
¡Me llena de luna la boca el semen espeso profunda vasija donde gesta el mar noveles misterios!
¡Confluencia de ocasos y de amaneceres! ¡Tesoro! ¡Resguardo tú colmas gastado capacho de dios pirquinero y soplas las rimas que materializan la fragua candente del verbo que funde y arroja las tripas mineralizadas hacia el nuevo día de la eternidad!



¡Travieso cometa! orbita de asombro mis huesos y estalla de gloria la nada profana que asuela la jaula vaciada del pecho y barre conmigo la pequeña casa, al pie del barranco donde se devuelven, los arrepentidos desde el cementerio.
En saco prestado junto los peñascos y arrastro la carga: Cerro arriba el hambre mientras no hay hambriento, cerro abajo el hombre con su desencuentro. Opíparo Buda colmado en manjares aborta el hambre del hombre y me quedo
sin rumbo, sin norte,
desaparecido en santo sepulcro, perdido, en la magia que calma el paisaje cuando tu me pares y náufrago fluyo después de la gloria
juntando los restos.


Cuando leen mis labios tu poema de piel, estremecidos,
cuando mana tibia la vertiente y reclama mi sed, cuando explora la siembra de galaxias de pecas agrícola avidez de otro delirio, trepana el Ande mi paso violador de caminos y urgido de herejías, el destino, te penetro de sueños encrestados y se hieren las sábanas de lino al ritmo de suicidio de gemidos que derrumba mis muros en tus manos y me entrega, abatido, al enemigo oculto tras velos y vahos del descuido.
Por si llegara tarde, confieso: ¡ni un minuto dejo de latir por ti!, aunque desfile azaroso prodigar entre fronteras en busca de bonanzas materiales que desprotegen esta urgencia de abrazos de la sangre y violan de ausencia las esperas.
Por si arreciara el tiempo o infranqueable distancia desplegara primavera en tu pecho, ¡doblegado!,
arrepentido de tantos abandonos, de tanto vano fruto perseguido: te desearé ventura, gloria, amor, dicha, larga vida y partiré en silencio con tristeza.
Volveré cada tanto, sin aviso, a mirar el jardín, sin que me encuentres, a soplar palabras a tu oído, a tocarte en el aire que te toca cuando olvida el olvido y nos convoca en la voz demandante de los hijos.



Construyo un poema en el paisaje. Un nido que te cobije y me ampare, nos proteja y multiplique.
Construyo tu columna en el aire, limitada por el poderío inmenso de esta desesperación que llama desde la ausencia como tambor multiplicando ecos en cañadones, quebradas, colinas.
Construyo tu ausencia en el rincón del jardín donde caducan los tomates pero madura enorme confusión, como volcán que quema todo.
Construyo tu distancia sobre el sueño de nuestra hija que querría tenerte cerca en el noviazgo que recuerda cuando acaricié pétalos y me enganché en las espinas.
Construyo mientras Jael, separa piedras de arena, ayuda, se enferma, vomita por un trago de más en una noche de menos y levanta paredes que lo acercan a la gloria de abrazarte mamá.
Construyo en el paisaje la huerta de ladrillos y la riego con lágrimas y preguntas de pequeños que no alcanzo a responder…



Es mi raíz hambrienta en busca del magma de tu sangre instintivo acople de danzas, gemidos y galopes.
Es empuñar el grito salvaje de la historia, en llamas, arrojarla a la profunda oscuridad, a arder en los silencios y los miedos con todas las brujas y demonios: qué todo se haga luz y florezcan universos a tus plantas.
Dos lunas tibias, bebemos abrazados ante el lago que un beso olvidó en lo profundo del lecho. Tras el vidrio, la casa mira enamorada y en los ojos, los cerros dibujan el quebrado perfil.
Bello descubrir ternuras cada día, un domingo en las manos para arrojar al aire con safaris colmados de sorpresas.
Lindo florezca en los dedos un mate, en cómplices sigilos, derramarte en las sábanas vergel de caricias que calzan precisas en mis manos y gasto como leños en cuerpos que se aman.
En la espesura del mediodía que se viene encima colmado de niños que se apilan, sacudir la modorra y encender el almuerzo en familia, en la casa, mientras los hijos van y vienen y de la multicancha entran y salen las bandadas de amigos.